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sábado, 17 de noviembre de 2012

Spiderman y viceversa


"Un gran poder conlleva una gran responsabilidad". Ésta es la frase que el tío Ben le repetía con solemnidad a un joven Peter Parker antes de ser acribillado a balazos por el ladrón que el propio Peter había dejado escapar unas horas antes, dando lugar así al nacimiento a una de las mayores leyendas comiqueras superheroicas de todos los tiempos: el increíble Spiderman. Y aunque no va de cómics la cosa, lo cierto es que esta frase está incrustada en los cerebros de un buen puñado de generaciones, ya sea por la pluma maestra de Steve Ditko, las series animadas para televisión o la insípida interpretación de Tobey Maguire en la gran pantalla. Sea como fuere, nunca siete palabras hicieron tanto por construir nuestra ética.


La consabida frase viene a recordarnos una y otra vez que cuando nos situamos (o nos sitúan) en un puesto desde el que ejercemos el poder, ya sea de jefe del departamento de baños del IKEA de Alcorcón o de jefe de Cirugía Cardíaca del Hospital de La Paz, tenemos que tener mucho cuidado con lo que hacemos: no debemos usar nuestro poder en beneficio propio, no debemos usarlo para hacer favores personales, no debemos propasarnos y ejercer el poder contra los subordinados, debemos ser consciente de las importantísimas consecuencias de nuestros actos... En definitiva, que aún cuando podemos hacer lo que queramos no debemos hacerlo ni dejarnos guiar por intereses egoístas. Esto podría llevarnos a conclusiones erróneas y pensar así que los máximos poderes de la nación, desde los miembros del Gobierno hasta los grandes bancos y empresas, son responsables en estado superlativo y hacen un exquisito y limitado uso de poder. Nada más lejos de la verdad: cuánto más ascendemos en la escala de poder, tanto más absurda y falsa se vuelve la consigna y tanto más se parecen los Spiderman al Doctor Octopus.

Pero no es esto de lo que venía hablar. Lo curioso de esta famosa frase es que siempre la leemos en el mismo sentido, el restrictivo, cuando perfectamente podría leerse en el contrario: "una gran responsabilidad conlleva un gran poder". Porque si lo que nos lleva del poder a la responsabilidad es la capacidad de influencia de nuestras acciones sobre otros (y el peligro que puede suponer esto si no se controla), del mismo modo el que desempeña un papel de gran responsabilidad bien por la importancia de sus acciones, bien por su influencia sobre otros, tiene un gran poder del que muchas veces es ignorante.

Un buen ejemplo de todo esto es el reciente jaleo a propósito del intento de zarpazo al Hospital Universitario La Princesa de Madrid por parte del gobierno autonómico. Ante la intención del presidente de la Comunidad de Madrid de convertir un hospital puntero en un hospital geriátrico (bajo el elegante eufemismo de centro de alta especialización para pacientes ancianos, que a saber lo que significa) los trabajadores del hospital han lanzado una protesta que después se ha convertido en un encierro y que ha resonado por los centros de todo Madrid: más de 200.000 firmas y otros 13 hospitales de la comunidad encerrados, todo ello bajo la amenaza, ahora ya confirmada, de un paro a final de mes. Sólo esto ha sido suficiente para que el Gobierno autonómico echase atrás sus planes para con La Princesa. Nada de huelga, nada de manifestaciones ni movilizaciones masivas. El mero rumor lejano de la furia del personal sanitario ha hecho echarse atrás a quienes no han dado jamás su brazo a torcer durante ya nueve años de asalto sistemático a los servicios públicos. ¿Cómo es esto posible? ¿Cómo quienes no se amedrentaron ante profesores o empleados de transporte público han claudicado ahora en apenas unos días? Quizá es porque los sanitarios tienen en sus manos la vida de las personas, porque son responsables de esas vidas. Si la mujer que te trasplantó un corazón salvándote la vida in extremis o el enfermero que cuidó de tu padre sus últimas horas salen a la calle y gritan que algo va mal, es probable que te pares a pensar que llevan razón. El fuerte vínculo que supone compartir la vivencia de la enfermedad es una poderosa arma que permite llegar a lo profundo del letargo de las personas.

Este fenómeno nos enseña que no podemos cargar con las responsabilidades que nos otorgan como una cruz, sino que debemos enarbolarlas como una bandera. A menudo el trabajo nos cae encima como una pesada losa, especialmente para aquellos que soportan grandes presiones, ajenas y también propias, por la naturaleza de su labor (médicos, bomberos, profesores...). También a menudo los intendentes, gestores, comisionados, secretarios, directores generales y prebostes vienen a recordarnos lo arduo de nuestra tarea, lo pesado de nuestra posición, la obediencia debida que supone. Pero lo cierto es que lo que hacemos en nuestra vida no es un estigma, es nuestra esencia. Cuánto más importante es, más poder nos otorga. Y rechazar ejercer un poder que te pertenece es tan obsceno como apropiarse de otro que no te corresponde. Es verdad que tenemos un millón de ojos encima para vigilarnos, pero también están ahí para estar atentos a nosotros, escucharnos y seguirnos dado el momento. Y los que están al otro lado lo saben. Por eso se esfuerzan en hacer de nuestro trabajo una carga. Pero lo cierto es que no sólo tenemos la severa responsabilidad de atender enfermos, transportar alimentos o educar niños, sino que también tenemos el maravilloso poder de hacerlo de la manera que consideramos justa y luchar porque así sea. Después de todo, si somos anónimos y estamos enmascarados, ¿por qué no vamos a poder ser superhéroes?



En la imagen, "Retrato del Doctor Boucard" (1928) de Tamara de Lempicka

miércoles, 7 de marzo de 2012

Bicicleta, cuchara, manzana



Hoy hablo de Alzheimer. Y no como médico -o, mejor dicho, como estudiante de Medicina- ni, por suerte, como enfermo o familiar o amigo de alguno. Hablo de Alzheimer como espectador. ¿Espectador? Sí, espectador de "Bicicleta, cuchara, manzana" (2010), el documental de Carlos Bosch que ayer tuve el placer de ver cómodamente sentado en mi sofá en el programa Versión Española, en La 2 -para que luego digan que la televisión pública sobra.

"Bicicleta, cuchara, manzana" cuenta la historia de un personaje que todos los que leéis estas líneas conocéis de sobra: Pasqual Maragall. Pero no nos cuenta la historia del Pasqual Maragall alcalde de Barcelona e impulsor de los JJOO de 1992, ni del Pasqual Maragall capitaneando la Generalitat a través del farragoso asunto del Estatut. Nos cuenta la historia del Pasqual Maragall que en octubre de 2007 dio una rueda de prensa en el Hospital Sant Pau para lanzar un mensaje sencillo y contundente: tengo Alzheimer y voy a luchar contra él. Carlos Bosch disecciona en su película, con una generosidad y una claridad brutales, la lucha de la familia Maragall contra el Alzheimer no sólo de Pasqual, sino de todos los enfermos, a través de la creación de la fundación que lleva su nombre. Pero esto es asunto de la crítica cinematográfica y de los cinéfilos. 


Pasqual Maragall en una consulta con su
doctora durante la película
Hoy saco a colación esta película porque me ha removido dentro ideas de esas que uno tiene como adormecidas. Ideas que se pueden intuir, casi tocar, pero que necesitan de un golpe, de un jarro de agua fría, de un impacto sordo para salir a la luz. Y de estas ideas que se desprenden de una enfermedad tan compleja y presente como el Alzheimer quería hablar en estas y otras pocas entradas más en el blog, que por otro lado estaba ya tristemente abandonado.



De lo primero que quería hablar a propósito de la película es de la importancia de la cultura. No de la culturilla general ni de la cultura de museos y galerías. No hablo de eso que ahora llaman cultura democrática ni de la cultura de galas y ceremonias. Hablo de la cultura como el conjunto de conocimientos que una sociedad posee y que intenta expandir y conservar. La cultura como seguridad y como base para enfrentarse a los problemas. Y en el caso del Alzheimer hablo de la cultura científica, claro está: de comprender la importancia de saber más de esta enfermedad, de la clave que supone para la sociedad descubrir fármacos que puedan frenarla, de intentar dar una esperanza a los enfermos. Pero esta técnica científica no viene de la nada. Las herramientas médicas aparecen de otra cultura: la cultura de saber, de no ser ignorantes. 

Es fundamental que los jóvenes entiendan -entendamos- que el Alzheimer no es cosa de otros. Que todos nos hacemos viejos y que nosotros también olvidaremos. Que en un mundo cada vez más y más envejecido el Alzheimer no es una anécdota, es una amenaza. No solo veremos a nuestros padres desorientarse por su propia casa en el final de sus vidas, sino que nuestros propios maridos y esposas nos mirarán a la cara y no veremos ni una vaga huella de amor en sus ojos, porque se habrán olvidado de querernos. Nosotros mismos vivimos bajo la amenaza de perdernos en nuestros recuerdos, de olvidar a nuestros hijos y a todos los que nos amaron. A todos los lugares donde fuimos felices y desgraciados.

Ahora que todos hablamos sin pudor de aquello de que gastamos por encima de nuestras posibilidades -como si alguna vez hubiésemos tenido muchas-, de la relativa necesidad de una educación para todos, de la futilidad de las inversiones en ciencia -y en científicos-. Ahora que todos estamos asustados por nuestros bolsillos -no sin razón, claro está- tenemos la obligación de no olvidarnos. Por nosotros y por los que no pueden ni podrán recordar más. El deber de informarnos, de saber, de querer saber. De luchar, como lucha la familia Maragall y la de otros tantos enfermos de Alzheimer. De denunciar la falta de pudor con la que cercenamos recursos necesarios y con la que ignoramos hechos vitales.

Tenemos la obligación de saber más y de saber mejor, antes de que arrojemos el Alzheimer en un pozo de olvido al que acabaremos por caer nosotros al final.




En la próxima entrada, más.

martes, 11 de octubre de 2011

La salud mental




Calle del Olmo, 6. Coslada, Madrid

Son las dos de la tarde, suena el despertador. Paz gira su cabeza entre el montón de sábanas y mantas y mira lánguida los números rojos que parpadean en la pantalla. Debería haberse levantado de la cama hace seis horas, la esperaban en la oficina. También la esperaban ayer. Y el día anterior. El teléfono ha sonado muchas veces desde entonces. Seguramente sería el señor Márquez, el jefe. O quizá sólo eran comerciales. No importa mucho en ningún caso. Paz deja sonar el teléfono e, intentado colocarse los indomables rizos, mira al techo con los ojos muy abiertos. Se acuerda todo el rato de Gonzalo. Era su hermano. Murió de un derrame cerebral hace ya casi dos meses. Paz todavía ve sus ojos vivarachos, líquidos, profundos, en mitad de aquella cara repleta de surcos, coronada con mechones de pelo cano. No tiene fuerzas para levantarse de la cama, sólo lo hace un par de veces al día para arrasar la nevera, aunque ya está casi vacía. No tiene ganas de bajar a hacer la compra. Las persianas llevan días sin subirse, el aire fresco hace tiempo que no inunda los balcones de la casa. A Paz le gustaría que la rescatasen de esa pena tan terrible, de esa falta de fuerzas. Pero con casi 60 años, su única vida era cuidar de su hermano mayor, de su Gonzalo. Y se queda entre las sábanas, esperando, en silencio, con las lágrimas secas en las mejillas, sin ánimo para levantarse.



Calle de la Ballesta, 8. Madrid

Adolfo es un hombre ni muy joven ni muy viejo. Vive en un cuarto piso sin ascensor, y cuando entreabre la puerta para entrar o salir sólo se ve dentro oscuridad. Las persianas y las cortinas están bien cerradas, e incluso hay algunas ventanas con tablones claveteados. Sale mucho a pasear, con un conjunto abigarrado, con tejanos raídos y camisas descolocadas de colores pasados. Cuando pasea mueve la cabeza en todas direcciones y musita palabras ininteligibles. Las putas le miran, se sonríen, a menudo algunas, las más viejas, le gritan "¡Adolfo, buenos días!" y él mueve la cabeza torpemente y esboza un saludo con la mano, mientras sigue con su perorata interna. 

Cuando se cruza con alguien en el portal, Adolfo casi nunca saluda y agacha la cabeza, aunque a veces sorprende a doña Blanca, la del primero, con una extraña teoría sobre mundos extraños con sus propios lenguajes, con lejanos habitantes que tienen planes para nuestro planeta Tierra. Después empieza a enumerar las ciudades y los nombres de aquellos galácticos lugares y se interrumpe a sí mismo con sonoras exclamaciones. Doña Blanca, al llegar al primero, mira con lástima a Adolfo y le da una palmadita en la espalda mientras le dice adiós. En lo que tarda en llegar a su casa, Adolfo a veces se cruza con un matrimonio con dos niños pequeños. Los padres colocan sus manos fuertemente sobre los pechos de los niños y les empujan contra la pared opuesta. A veces mascullan un adiós casi susurrado. Adolfo no se entera muy bien de que han pasado. Es mejor así, al fin y al cabo Adolfo es el loco del barrio. Cuando llega al cuarto piso, saca un llavero con un millón de llaves, abre los diez cerrojos que custodian la casa y se encierra a solas con las voces de su cabeza, en la oscuridad, mientras garabatea en unos cuadernos llenos de polvo el lenguaje y las caras de seres de otros planetas.



Carrer de Lladó, 15. Badalona, Barcelona

Antoni tiene 73 años, aunque él no lo sabe. Ahora se sienta en el sillón del comedor del piso de su hija Montse, disfrutando del sol del mediodía. 

Él ya no lo recuerda, pero hace ya casi diez años que mientras daba su habitual paseo hacia la Autopista del Maresme se quedó paralizado, sin saber donde estaba. Estuvo horas vagando sin saber a dónde. Después aparecieron Montse y Guillem, su otro hijo. Se abalanzaron sobre él, llorando, asustados. Desde aquel día Antoni lleva una identificación en la muñeca y un localizador GPS. Aunque ya no se mueve mucho. Con el tiempo, Antoni fue incapaz de vivir en su propia casa, de pagar las facturas, de recordar si ese día había ido al baño o había tomado las pastillas para controlar su tensión. 

Un día, ya no sabe cuándo fue, empezó a vivir con su hija. Con el tiempo, su conversación fue mermando, aunque abrazaba mucho a Montse y sonreía con sus nietos, los hijos de Guillem, cuando venían a visitarles. Después, una tarde, las palabras no vinieron a su cabeza, y pronto unas empezaron a cambiarse por las otras. Las bicicletas se convirtieron en tostadoras y los besos en repúblicas. Mucho después llegó la mañana en que Montse le llevó el desayuno a su padre y éste la miró sorprendido. Montse le llamó repetidas veces. "Qui ets tu?" le contestó. Montse lloró mucho esa mañana, y muchas otra más, pero seguía cuidando de su viejo padre todos los días con esmero: la medicación, el aseo, la comida... 

Hace un par de días Antoni le volcó la bandeja de la comida a su hija y la llamó bastarda. Pero él ya no se acuerda. Ahora empieza un nuevo día en el sillón del comedor de Montse, dejando que el sol le caliente los ancianos huesos. Dentro de diez minutos, Antoni empezará a llorar desconsoladamente sin saber por qué. Montse le mirará desde la cocina con lágrimas de rabia. Después se acercará y lo besará con un amor infinito. Quizá Guillem venga a comer con los niños y se hagan fotos todos juntos, pero el viejo Antoni no lo recordará nunca.



La depresión, la esquizofrenia o el Alzheimer de estas tres historias son sólo tres ejemplos más o menos bien conocidos de las enfermedades que están dentro de ese difuso y enorme campo de la salud mental. Las fobias, las drogodependencias o los trastornos de la personalidad son otros buenos ejemplos. Hoy (ya ayer, porque servidor se maneja con horarios vampíricos) se celebraba al Día Mundial de la Salud Mental. Naturalmente, solo es un símbolo. No se hizo nada que haya cambiado drásticamente la realidad de los enfermos mentales, pero los símbolos importan. Debemos pararnos a pensar sobre estos enfermos a los que no se les ha roto una pierna ni se les ha trasplantado un hígado. A estos enfermos se les ha roto eso que la filosofía y la religión han llamado alma y mente. A estos enfermos se les ha partido el proyecto de vida por la mitad, y las propias características de la enfermedad hacen que queden abandonados, relegados bajo las más variopintas etiquetas: locos, excéntricos, tristes, raros, viejos chochos...

No obstante, algunas de estas enfermedades, como la esquizofrenia, tienen tratamientos eficaces. Otras, como el Alzheimer, siguen a día de hoy un curso terrible e inevitable. Pero de todas ellas se puede hacer una condición mejor. La salud no es sólo cosa de médicos y enfermeros, la salud es cosa de todos. Está en nuestras manos, con compresión y con voluntad, romper las barreras sociales de estos enfermos que se ven atrapados en las cárceles de sus propias mentes. Y ése es un motivo tan bueno como cualquier otro para celebrar un Día Mundial de la Salud Mental.